¿Quienes somos?

El hombre es un animal político, dijo Aristóteles, pero nunca aclaró qué animal era. ¿Estaba pensando en un loro? ¿O no había loros en la antigua Grecia?

Vivimos en un mundo post-moderno, pero no sabemos qué es lo que eso significa. Nos dicen que la política se vive y se siente, hoy en día, a través de las imágenes. Pero también nos enseñan que todo es discurso. La palabra construye realidad. ¿Ves esta página que estás leyendo? Existe solo en la medida en que le das un sentido. La post-modernidad, finalmente, también es una época de “culto al cambio”, en la que la palabra nada vale. Porque todo es líquido, diría Bauman. Las palabras se nos escurren de las manos y de la memoria, y lo que uno dijo hoy no valdrá para mañana.

Así las cosas, nada mejor que aprovecharse de la amnesia del siglo XXI para escribir sin miedo al ridículo una (mala) suerte de manifiesto a favor de una visceral modernidad, que rechace en su artículo uno el fetichismo de la forma por la forma, pues toda forma debe existir porque expresa un contenido que le da sustancia. Y en su artículo dos, que diga que la palabra existe en función de una realidad que se puede aprehender porque es la única manera de poder transformarla. Y en su artículo tres y final (porque lo breve dignifica) que sostenga que la palabra vale y que entonces, repetirla y reproducirla, cual loro, es un acto político de máxima importancia. Todo loro es político. Fin.